domingo, 15 de febrero de 2009

El puchero de los cuentos

"El caso es que mientras más vueltas le doy a las ideas, más fija se me hace una sola:aquella de que el hombre siempre tiene dos hambres". Con esta frase termina uno de los cuentos más bellos del cuentista (término que en Cuba se aplica a los escritores de cuentos)Onelio Jorge Cardoso, el cuentero mayor; un cubano cubanísimo que supo bien contar nuestras honduras con una sabia mezcla de humor y poesía.
"El caballo de coral" fue la historia que me inspiró la idea de juntar dos de mis pasiones: cocinar y contar. Ya en largas conversaciones con José Campanari y Carolina Rueda en el piso de "soltero gozón"(término acuñado por Rubén Martínez) que habitamos los narradores que visitamos Torrente, saboreábamos, como quien degusta un delicioso puchero el privilegio de sentir que los cuentos eran nutritivos y sabrosos, que eran una prolongación de la cocina.
Carolina se atrevió con espectáculo para chuparse los dedos que recién había incorporado a su repertorio y Campanari, que ya andaba reposando la masa, se ha atrevido a hacer un taller donde sabiamente mezcla las dos artes. No le he visto, él mismo me lo ha contado; pero conociéndole puedo asegurar que debe ser una fiesta para los sentidos.
Yo, por mi parte, he tenido la suerte de que en Ciudad Real, Lemus, Prado y Juanama se atrevieran a abrirme las puertas y la cocina de Pachamama para guisar y contar. Por ahora sólo lo hemos hecho cada dos meses y esta última vez dos días seguidos: miércoles y jueves(GRACIAS AL PÚBLICO); el tema:el erotismo y lo afrodisiaco. Bien, estuvo bien, muy bien. Me cansa pero me regocija estar mezclando y buscando sabores, probar y probar hasta que encuentro lo que busco y entonces...
El puchero de los cuentos es un lugar de encuentro, allí acudimos todos para enterarnos de algo de un modo distendido y luego encontrar, en cada cucharada del puchero, el sabor de aquello que la oreja escuchó y el recuerdo o el corazón o la memoria retuvieron.
Yo disfruto: me libera y me estresa; me compromete y me salva, me obliga a encontrar otro sentido a mi oficio, al privilegio de mi oficio y entonces subo al escenario desatado con los olores de la cocina conduciendo la historia el soniquete del puchero en mi garganta, marcando el ritmo de mis palabras.
La próxima vez será el 26 de marzo, recién llegado de Cuba, estaré con mi amigo José Lemus y volveremos al Ajiaco, al ajiaco cubano, en esta ocasión con música, cuentos y cocina en directo, o al menos una parte de la cocina.
Así que quien quiera apuntarse a la fiesta sólo tiene que andar cerca de este lugar de La Mancha y acercarse y sumarse y dejarse llevar porque lo mejor de estas noches es el viaje conjunto a quien sabe qué parte.

2 comentarios:

Vicente dijo...

Hablar de Aldo es contar el cuento del cuentacuentos, aquel que hace ya algún tiempo nació en Meneses, pueblecito pequeño que no tiene vocación de gran ciudad, en un lugar del Caribe al que acunan las olas, en el que sus gentes cantan y cuentan, cantan y cantan y regalan palabras. Él era el rey de la casa, de su pueblo, de la escuela -que se lo pregunten a su maestra-. Pero este rey de corona de papel, cortas que cortas cortando... con las tijeras de su abuela, tuvo que emprender, como todos los héroes de cuento, un largo viaje.
De Cuba, enamorado de la música de las palabras que acarician y abrazan, trasladándote al espacio cálido de lo humano; de la terraza de su casa desde la que se ve el mar, Aldo partió rumbo al frío de la estepa rusa.
Sabía que en el lugar más frío del planeta, uno siempre se puede sentir reconfortado al calor de la amistad.
Una pitonisa disfrazada de maestra, le auguró “Tú te ganarás la vida con las palabras”, pero quien crece en la exhuberancia verbal sabe que el lenguaje es “la gran verdad” y “la gran mentira”, nos comunica, nos informa y relaciona y a la vez lo contrario, nos incomunica, nos desinforma y nos distancia.
Ya, con la misión cumplida, vuelve a casa, pero... ¿qué hacer? ¿se cumplirá lo que predijo la maestra? Buscando la verdad que se esconde entre sus sentimientos profundos, en el niño que escuchaba con oídos abiertos y que sigue habitando en su interior, encuentra la solución: vivir de la palabra dando la palabra a los sin palabras, a los que tienen que nominar al mundo, a los niños. Para ello otra vez la vieja lección, cantar y contar, cantar y regalar palabras. Aldo ya sabía esto cuando salió de Cuba, pero, como si de rito iniciático se tratase, tuvo que recorrer el mundo para descubrir que en sus raíces estaba lo universal.
Utiliza la radio para regalar palabras, cuentos y poesías.Su objeto el cuento, los cuentos. El niño frente al relato. El niño, anhelante, fascinado con la voz, los ademanes y la mirada del cuentero. Aldo atrae el interés de los niños inflamados de curiosidad, atentísimos a las peripecias, intolerantes con cualquier modificación que perciban en narraciones ya escuchadas y nuevamente repetidas. Cuenta cuentos maravillosos, realistas, de animales. Cuentos que buscan la sorpresa y la hilaridad. Cuentos en los que el niño encuentra respuesta a sus interrogantes existenciales –soledades, temores, incertidumbres, necesidades de atención y de cariño-, que se le irá ahormando en el devenir de las incidencias de la fábula, con el triunfo de los representantes del bien, de la justicia.
Aldo sale de la Habana dejando escrito Recuerdos de mi única casa, Colección "Papeles de la rosa blanca", Unión de escritores y Artistas de Cuba (1998). Allí están sus raíces y, después de declarar lealtad y fidelidad por siempre a su tierra, comienza un nuevo viaje. Él, que es de cultura fruto del mestizaje, sabe de la necesidad de los hombres por conquistar las fronteras para repartir el conocimiento, la ciencia, la tecnología..., para compartir el pasado y el futuro.
Es duro caminar por tierra nueva, pero el cuento crea lazos, el cuentero nunca anda solo. Aldo sabe crear espacios de placer y encuentro, es cuentero cosmopolita que sabe hablar a nuestro corazón.
Conocí a Aldo poco después de que llegara a la Mancha.Como dos maestros que hablan de sus chicos, la conversación fluía, o tal vez yo escuchaba dejándome llevar por la magia de sus palabras. Pronto soñamos proyectos y nos embarcamos, con la complicidad de nuestra amiga Alicia, en la aventura de recorrer la provincia hablando de ética y estética. Recorrimos kilómetros de canciones. Aldo hablaba de añoranzas, de su sobrina, de su madre, de su sobrina, de su hermana, de su sobrina y de su padre, de su sobrina... siempre de su sobrina, aquella niña que crecía sin la mirada de su tío y el tío está triste y nostálgico, rememora a la sobrina que crece lejos, con la esperanza de que nunca nos dejen de amar aquellos a los que amamos. Y, cuando el corazón ahoga la garganta, y las palabras son torpes, las canciones rompían el silencio. Canciones y palabras me descubrieron la bondad, la ternura, la autenticidad de un ser humano excepcional. Canciones y palabras fraguaron cariño y admiración, cimentaron nuestra amistad.
Aldo escribe para niños que escuchan, hablando de profundos e intensos sentimientos de amor y de añoranzas.
Aldo, cuentero y poeta, sabedor amoroso de niños y de versos, pudiera asegurar que la poesía infantil más válida, o la única válida, es la que se nutre de la tradición oral.
Aldo sabe que su poesía provoca juego y canción.
Con un botón, un carrete de hilo, una pluma, un millón de cocuyos, con las cintas de colores, con silencios y barullos y pajaritos y flores y los cinco dedos de su mano, construye el niño un mundo difícil, cruzado de resonancias inéditas que cantan y se entrechocan. La palabra es el santo y seña de la actividad lúdica en grupo: acertijos, enredos, palabrinventos, rondas viejas..., jugar, siempre jugar con la palabra.
Aldo, continuará siendo gran animador en el más exacto significado del término animar: vivificar el espíritu, excitar la acción, infundir energía moral. Nos hablará de niños y de abuelos, de caballos de colores. Pondrá voz a la memoria de la especie, nombrando emociones, sentimientos, sentidos, significados que se van desperezando dentro de nosotros. Ayudará a forjar imaginarios para guiarse en la construcción de un mundo nuevo.

Lisímaco Henao H. dijo...

¡Que alegría me diste!

Yo fuí un niño de 9 años fascinado con un cuento de la cartilla de lectura de la escuela. Era aquella una escuelita en una montaña de un pequeño pueblo en un rincón de Colombia.

El cuento: El Caballito de coral, no sólo me hiciste viajar allí con tu escrito, sino que me animaste a buscarlo y releerlo. Ahora entiendo muchas cosas acerca de los motivos de aquella fascinación.

¡Gracias!

(¿podría pagarte con una canción? Lo intento aunque quizás te sientas mal pagado: www.myspace.com/lizimako)