sábado, 10 de septiembre de 2011

UN CERRO QUE ES RÍO DE CUENTOS


En este asunto de la cuentería muchas veces puede la pretensión, el afán por aparentar algo más de lo que realmente estructura y define la esencia de este fenómeno que se sostiene y se sostendrá pese a todo porque de alguna manera tiene sus raíces ancladas en lo más genuino y definitorio de lo humano.
Desde que entré al mundo de los cuentos, desde que vivo de la palabra (como sentenció Tatiana Mijailovna, mi profesora de ruso) he visto algunas cosas: pequeñas, grandiosas, grandilocuentes, desvaríos, aciertos, pero esta vez asisto a un evento de honda raíz y de marcada esencia: “Un cerro de cuentos”, en Guayaquil
Podría fabular de sus orígenes porque es evidente que nació con las cosas muy claras, con una marcada vocación de poner en su sitio a la palabra y a la gente que la vivifica porque sólo en el paseo inaugural se percibe el aliento de lo auténtico, la profunda pertenencia a un proceso que, por pertinente, crece.
Cantos, cuentos, amorfinos (una manera linda de nombrar a las cuartetas populares que tienen por estos, lares) y gente, un río de gente de todas las edades que sigue la ruta del viento o lo que es lo mismo, la ruta de las palabras. Todo se abre, en el Cerro Santa Ana de Guayaquil, a la verdad que ofrecen los cuentos: ventanas, balcones, plazas y con estos la gente y sus orejas, los humanos y sus almas.
Me conmueve sólo pensar que este tipo de acciones culturales genuinas son un canto a la libertad, al privilegio humano de recrear lo cotidiano con las herramientas de siempre y con la imaginación, por supuesto.
El Cerro de Cuentos en un evento relativamente nuevo pero ya tiene bien definida su estrategia y esos conceptos que son visión y misión porque se percibe en todo: en la afluencia de público y en la lealtad de los asiduos, en el alcance sociocultural y artístico, en la evidente intención de rescatar y poner en valor tradiciones vinculadas con el patrimonio intangible, el empeño en hacer cantera para que los cuentos sigan floreciendo o yendo y viniendo como el río Guayas que en su vaivén arrulla la ciudad que acoge este Festival de todos.
Claro que debí colgar estas palabras hace ya un par de semanas pero sigo perdido en mis fugas y mis desvaríos y se me escapan a rato las palabras precisas para hablar de mi oficio y sus caminos.
Gracias, a Un Cerro de Cuentos por contar conmigo y a Ángela, Manuel, Andrea y a la familia Imaginario por ese lindo modo de acoger y de fundar. Gracias porque todo se va, pero "el almita queda" vibrando y con ganas de volver a este Cerro que es un caudaloso río de palabras y afectos.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias por tu voz que nace desde el compromiso con el que escucha. Guayaquil te recuerda con hondo cariño y respeto.
Ángela, la del cerro de cuentos.